viernes, 13 de noviembre de 2015

El tendedero vacío

Las pinzas en el tendedero contenían telarañas y estaban oscurecidas por el tiempo de no ser usadas. Este hecho, detonó en mí una alarma interna que hizo saltar a mi corazón dentro del pecho.

Mi paso, hasta entonces lento se fue convirtiendo en una carrera. Solté las maletas que quedaron tendidas al sol, como sustitutas yacentes de la ropa que deberían prender aquellas pinzas.

La puerta de la casa se hallaba abierta y el porche vacío.

Mi corazón volvió a acelerarse cogiendo un ritmo infernal que hizo subir mi temperatura, llenando de sudor las palmas de mis manos, al mismo tiempo, noté como un escalofrío subía por mi columna, hasta alcanzar la base del cuello… 

Apenas podía ya caminar…

¿Dónde estaban mis padres?

¿Por qué no me esperaban fuera de la casa como siempre?

   ¿Eres tú hijo?

La voz de mi madre produjo en mí un ligero alivio.

   ¡Entra, Cariño que estamos en el salón!

La imagen que percibieron mis ojos, lo expresaba todo con mayor  claridad que ninguna explicación.

Mamá estaba frente a un ordenador portátil, cuya pantalla describía un bordado de punto de cruz paso a paso.

Papá intentaba encajar unas piezas que caían cual lenta lluvia en un prado e intentaban bajar del modo exacto para ser acogidas por otras piezas que desde el suelo, esperaban un paternal y encajado abrazo.

   ¡Hola!

Dije tímidamente y en voz baja para no interrumpir nada.
Ya, con mi sobresalto había más que suficiente.

A lo lejos, en la terraza de la cocina, el ruido centrífugo de una secadora, disipó mis dudas sobre el tendedero vacío y absorbido por nidos de araña.

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