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domingo, 2 de julio de 2023

Corriendo con mis Tacones

La primera vez que corrí en la carrera de tacones, lo hice en el pasillo de mi casa, llevaba en los pies, los zapatos de mi mamá. 

Corrí y corrí sin pausa contra mí mismo. Recuerdo que a mamá le destrocé los zapatos, y recuerdo, que cuando me preguntó sobre el tema, me negué a contestar.

---Dime Antoñito; ¿Has roto tú mis zapatos?

—¡De verdad, mamá, que yo no he sido! 

“Por entonces, usábamos el mismo número” lo que me hacía más sospechoso todavía. Aunque mi hermana Berta, estaba también entre los sospechosos de los habitantes que había en mi casa, y que entraba dentro del coeficiente de sospecha, de mamá.

Confieso que en aquel entonces, dejé sin despejar aquella incógnita; hoy me arrepiento, ya que Berta lloraba y perjuraba que ella no había sido… “En todas las guerras, hay siempre perdedores o vencidos”.

Recuerdo que al principio, no podía dormir por causa de los remordimientos; claro que entonces eran otros tiempos, y me daba miedo de las reacciones de los llamados adultos… 

Ay, si os contara… 

Si os contara, no me creeríais, puesto que la simple sospecha de ser “diferente”, me hacía sufrir insultos, todos y cada uno de los días; claro que poco a poco a base de fingir, yo mismo me creía que entraba dentro de la llamada “normalidad.”  

Sí, sí, la “Normalidad, normalizada en aquellos tiempos”

Ayer me fui a Madrid, dejé mi tierra natal atrás, y mi vida en aquella normalidad fingida, para salir a correr con mis tacones de quince centímetros por la calle Pelayo.

¡Qué bien lo pasé!

Copiright Mercedes del Pilar Gil Sánchez

Todos los derechos reservados.






miércoles, 28 de junio de 2023

Una historia de amor

Delante de mí, en el tren de cercanías que todos, y cada uno de los días he de coger para ir al trabajo, iba un hombre cuyo semblante, se veía  invadido por una inmensa tristeza.

Por un rato, me quedé observándolo, y como de golpe, llegó hasta mí gran parte de aquella pena que parecía invadirle, así que no pude controlarme más, y tuve que preguntarle sobre un ajado ramillete de pequeñas flores, que llevaba prendido a un jersey de un tono gris claro.

—Buenas tardes; —le dije —¿Va usted a una boda?

—¿Me haces esa pregunta, por este prendido: verdad?—Contestó.

Moví mi cabeza, sin saber muy bien qué contestarle, ya que sus ropas eran pobres, ajadas y tal vez estuviesen un poco más sobadas, de lo que viene siendo normal.

“No, que va, mujer, esto es por un recuerdo. Una vez lo lucí en una boda; `la mía´ Ella era una mujer maravillosa”

Se le llenaron los ojos de lágrimas, aunque le vi el esfuerzo por no echarse a llorar. La cara se le convulsionó y parecía que la tristeza crecía en su interior a pasos agigantados.  

No me quedó más remedio que pedirle perdón.

—Perdone usted, No pretendía entristecerle.

—No es tu culpa, pequeña, son los recuerdos que vienen a mí y no puedo soportarlo… ¿A ti, quizá tan joven, te será difícil pensar en un amor que te haya destrozado el alma?

Quise protestar, me había llamado pequeña, y además me hablaba de sufrir por amor… Qué poco me conocía… —Pensé para mí, pero no dije nada, debía dejarle hablar a él. Únicamente dije:

—Vaya; lo siento mucho.

—Como te he dicho, ella era una mujer fantástica; maravillosa en todos los sentidos de la vida… Nos conocíamos desde muy pequeños, fuimos juntos a la guardería, después al colegio, y al hacernos mayores, nos amábamos como solo pueden amar los locos, ya que nuestro amor traspasaba la cordura, lo conveniente, lo palpable…

—¿Ella le amaba a usted?

—¡Con la misma intensidad que yo a ella! Habíamos nacido el uno para el otro, y habíamos tenido la inmensa suerte de coincidir desde muy niños…

—Pues,,, No lo entiendo…

—¿Qué no entiendes, hija mía?

—Por qué dice usted que le ha hecho sufrir su amor…

—No, no fue por su culpa. Nos hicimos mayores, y sólo pensábamos en casarnos para  poder estar juntos: unidos, pegados el uno al otro, cono "inseparables".

Pero la vida vino para ponernos trabas. Ella comenzó a sentirse mal, en un principio le daban mareos… Fue horrible. Horrible. 

La vi como se iba poco a poco, pero de prisa… Demasiada prisa… —Al llegar a este punto de su relato, lloró con absoluta pena.

—Lo siento. —dije sin saber qué decirle a aquel hombre deshecho en llanto —¿Hace mucho tiempo de eso? —Le pregunté, sin saber qué otra cosa podía preguntar sin causar más dolor.

El hombre movió la cabeza en modo afirmativo. Y, Al poco volvió a hablar.

—Nos casamos en el hospital, las monjitas le hicieron unas florecillas que le pusieron en al pelo. Estaba bellísima; aunque ella decía que no, que no podía estar guapa, porque la enfermedad, le hacía mala cara, pero ese día no. Ese día estaba muy hermosa, tenía la cara iluminada por la esperanza y la alegría, y fuimos la pareja más feliz del Universo. ¿Qué si la amaba? Más que al sol, y que a  del la luz que desprende al medio día, más que a ninguna riqueza de este, o de otro mundo… La amaba, sí, la amaba como jamás podré amar a nada ni a nadie en toda mi vida.

Pero la enfermedad estaba allí para deshacerlo todo. 

A los pocos días Dios me la arrebató para siempre. Ahora, solo espero el momento de que me toque a mí, que Dios me lleve junto a ella. Sé que seremos felices, allá donde quiera que nos encontremos.

Yo, me confeccioné con las flores de su  pelo este pequeño ramillete, que llevo siempre prendido en mi ropa, que me acerca a ella, me hace sentir que la tengo aquí, muy cerca. 

¡Oh, Dios mío, es que no sabías cuanto la amaba!

Copyright Todos los derechos reservados Mercedes del Pilar Gil sánchez





domingo, 25 de junio de 2023

Polonia

Polonia

Albert, recordaba con todos sus pelos y cada una de sus señales, su viaje en tren hacia el campo de concentración de Chelmno en su Polonia natal.

Lo que se asomaba a su pensamiento, con mayor nitidez era aquella horrible sed sufrida, y el desagradable hedor que desprendían los cubos (llenos a rebosar) de heces, y la desagradable incomodidad de no disponer de un pequeño espacio, en dónde poder sentarse,  aunque fuera un mísero segundo, y poder descansar.

A sus diez años, no era capaz de comprenderlo todo, y solo se le ocurría como protesta, ponerse a llorar. 

Lloraba el niño del cansancio sufrido, y de todas, aquellas  privaciones impuestas en tan corto espacio de tiempo. 

A él, que en su corta vida, nunca le había faltado en de nada. 

Su padre era, o, mejor dicho, había sido un buen joyero. Aunque ahora, le expropiaron el taller de joyería, junto con la tienda, y todo su contenido. Las pocas joyas que pudieron salvar, se las habían tragado junto con migas de pan.  

A su llegada al campo de concentración que les había sido asignado, le llenó de esperanza la casa enorme que lo presidía, y aún más hizo crecer su esperanza, cuando les obligaron a dirigirse a una de sus habitaciones del piso bajo, en donde les obligaron a desnudarse para darse un buen baño. 

¡Oh, Señor, cuanto le apetecía un baño; cuánto! 

El olor a podredumbre que impregnaba el tren se había quedado a residir en su nariz, y amenazaba con asenterse en su apéndice nasal y quedarse a residir en ella haciendo acopio de toda su paciencia. Además, aseguraba estar dispuesto a beberse toda el agua que cupiese en el interior de cualquier bañera.

Poco tiempo después, (ya desnudos) les hicieron bajar por una escalera. Subieron después una rampa, y se encontraron en el interior de un camión, del que al poco cerraron sus puertas, (Al niño le pareció como si lo hubiesen sellado). Se sintió mareado, y su madre, que hasta entonces trataba de cubrir su desnudez con sus brazos y manos, ya que con un brazo trataba se tapar los pechos, mientras que llevaba la otra mano frente a su vello púbico... Aquello le recordó el viaje en tren de hacía pocas horas, por el hacinamiento. Su madre en cuanto se dio cuenta de lo que ocurría, dejó al aire sus vergüenzas para intentar proteger a su hijo, aún sin disponer de nada más que sus brazos para hacerlo..

Hacía mucho frío para estar a la intemperie desnudos y ya había anochecido, la densidad de gente en el interior del camión era muy similar a la de los trenes, y tampoco aquí, se podrían sentar ni un pequeño instante.

Cuando el camión se puso en marcha, el pánico penetró en el reducto, llegando como por sorpresa que le llenó de inmensos gritos de pavor. Poco después, la gente se iba desvaneciendo, pero la mamá del pequeño Albert,  puso su mano sobre la boca y la nariz del niño, a modo de filtro, lo que consiguió que una vez abierto el camión homicida, el pequeño Albert se hallase aún con vida, aunque ligeramente desvanecido. 

Recordaba que tenía ganas de toser, muchas ganas, pero como pudo, pegó la cara al suelo, y con gran esfuerzo evitó la tos, intentando pasar desapercibido. 

A su lado, un hombre vivo aún, fue disparado en la cabeza y la bala le pasó al niño rozando, pero no movió ni un solo músculo.

Muchos de los fallecidos, habían vaciado sus vientres, y otra vez el hedor  acompaño al pequeño, quien disimuló ser uno más de aquellos pobres infelices yacentes en el suelo.

Unos minutos después, mientras que los nazis y sus capos se deshacían de los cuerpos, Albert echó a correr y no paró hasta sentirse a salvo, cogió unas ropas en un tendedero, y consiguió pasar desapercibido en medio de los escasos polacos, que aún caminaban en libertad.

Tenía para sobrevivir, aquellas joyas que papá y mamá le hicieron tragar junto con la miga de pan.

El niño había sobrevivido, y procuraría continuar con su suerte, hasta que llegado el final de aquella guerra de guerras, llevar al mundo la palabra de la ignominia allí ocurrida.

Copyright Mercedes del Pilar Gil Sánchez
Todos los derechos reservados.



jueves, 22 de junio de 2023

¿Otra vez Huevos fritos?

El perrito Toby, era el ojito derecho de su dueño; un yorkye muy pequeño y peludo,  cariñoso a rabiar… así que su dueño Antonio, no hacía más que devolver al peludo, todo aquel cariño que cada día, su Toby le demostraba, así que el perrito, gozaba de plena impunidad en aquella casa que ambos habitaban, junto a la esposa de Antonio; 

Ädelaida era una mujer estricta, y muy poco cariñosa con el perrito, aunque éste, se deshacía por hacerle fiestas, lamiéndole la cara cada vez que se le ponía a tiro. Algo que a ella le desagradaba en grado sumo. Aunque a Antonio, aquella clase de cariño  le gustaba, y hasta se la reclamaba al perrito con ardua frecuencia. 

Le pedía:

—¡Toby, ven a darle un besito a papá! — Y Toby raudo como el rayo, obedecía al instante. Comenzaba siempre por el interior de la nariz,  para terminar lamiéndole el resto íntegro de la cara. 

A lo que su esposa, muy molesta le decía:

—¡Qué asco, Antonio, cómo se lo permites! —Protestaba inclemente, la señora Adelaida…

Pero ambos disfrutaban de aquella acción, que su dueño entendía como un acto de amor, una demostración viva de ese cariño incondicional que ambos sentían, y nadie, absolutamente nadie, iba a cambiar ese hecho.

Como ya he dicho, a la señora Adelaida, la podríamos calificar como una buena mujer, aunque tenía un ligero defectillo, y es que a la señora, le gustaban los juegos de azar, y esta mañana se había levantado temprano, y había hecho las tareas de la casa que ella misma se había asignado, con un vigor desconocido en ella  hasta aquel entonces.

Hacía ya más de dos semanas que no iba al bingo y esta era la mañana ideal; su marido le había dejado dinero abundante para la compra diaria… ¡Y,,, ni que decir tiene que esta era la suya!

Pasó por delante del bingo una vez, como con disimulo, para observar el derredor y que nadie conocido la viese entrar. Aunque a la siguiente vez que pasó por delante de la puerta, entró sin mirar nada más, y sin hacer caso de absolutamente nada.

Mientras que entraba le latía el corazón con fuerza, como si fuese tentada por su interior, y parecía decirle: ¡No lo pienses Adelaida! Entra, y juega. ¡Hoy vas a ganar!

Jugó Adelaida hasta que se le acabó el dinero aquel, que su esposo le había entregado para el sustento del día. Únicamente le quedaron en el monedero, poco más o menos tres euros, a contado en pequeñas monedas. 

Adelaida se sentó en un banco a llorar, y, lloró sin poder contenerse durante un buen rato. Hasta que pensó en la solución al problema… Corriendo se fue al mercado y compró media docena de huevos y dos patatas, (ya que el dinero no le dio para más).

—¿Me huele a huevos fritos; no me lo puedo creer. Otra vez huevos fritos? ¿Pero qué ha pasado con el dinero que te di esta mañana?

¡Adel, que tú has vuelto a jugar! —dijo Antonio con la voz atropellada por el disgusto.

—Verás Antonio, me levanté temprano, fui a la plaza y compré unas buenas chuletas de ternera, que me costaron carísimas. ¡Carísimas!

después he ido a tender la ropa a la azotea, donde me encontré a la vecina y estuvimos charlando de nuestras cosillas.

Había dejado las chuletas sobre la encimera, y, “te juro que te digo la verdad”._dijo con una voz que podría sonar convincente; como ensayada una y otra vez.

¡Tu querido Toby, se las ha comido!

__¿Y loa huesos? Donde están los huesos?

__¿Pero qué huesos; de qué huesos me hablas?

__Los de las chuletas...

__¿No te he dicho que se las comió tu Toby?

Antonio tocó la barriguita del perro como esperando encontrar señales del delito, pero  no halló nada.

Copiryght Mercedes del Pilar Gil Sánchez_Todos los derechos reservados.



miércoles, 21 de junio de 2023

MariPí la viajera

Cuenta en su haber la Señora Maripí con una edad bastante cercana al centenar de años, y unas inmensas ganas de viajar a través del Mundo, como si éste, el propio Mundo, se tratase de un lugar pequeño, y de un tamaño reducido.

Hace unos escasos dos días, la han invitado a participar en un programa de televisión en el que prometían hacerle unas cuantas preguntas referentes al tema de sus viajes…

Ya en la televisión:

—Buenos días Maripí.

—Buenos días, encantada de poder participar en un programa tan divino, ameno y divertido como este tuyo, Manoli. Que sepas que te escucho todos los días, y que tu programa cuenta con mis preferencias.

—Muchas gracias, Maripí, siempre es un honor saber que nos escuchas y que además, contamos con tus preferidos en antena. Sabemos Maripí, que es muy difícil hallarte en casa, ya que te has hecho famosa, por tus viajes alrededor del Mundo.

—Oh, sí, no paro en casa, es como si la casa me quemase. —Dijo esbozando una sonrisa abierta, como de complacencia.

Como si tuviese fuego dentro, que no puedo apagar a no ser con mis viajes. Sí, ya sé que podría provocar cierta risa, pero así, tal como lo siento, aquí a ti, te lo cuento.

“Tal cual”

Entonces Maripí hizo un receso, como en espera de una nueva pregunta, más ante la mirada inquisitiva de la presentadora “Manoli”, decidió seguir contando el por qué de esa ansia de viajar. Debía contar la realidad de aquella ansia que le corroía por dentro, y por qué no… También por fuera.

Verás Manoli, como tú ya sabes, mi edad está llegando al límite…

—Mujer, tú estás muy bien, rebosas salud, y en realidad se te ve incombustible.

—Ya, ya… Pero me refiero a una fecha de caducidad, que… Aunque hipotética, por mi edad, ha de quedar próxima.

—Anda, anda, Maripí. Que tú estás muy sana y muy bien.

—No te lo discuto, porque yo también me siento así: “Como en perfecto estado” Por eso aprovecho y salgo a pasear por el Mundo, ya que de ese modo, si la “Señora Muerte” (Dijo este nombre en medio de una señal de la cruz) viniese a buscarme a traición en mi casa, que no me encuentre.

Siguieron hablando de otras cosas que no tendrían importancia alguna para este relato que ahora me esfuerzo por relatarles tal y como sucedió.

No pasaron muchos días desde el encuentro ante las ondas, cuando en las noticias de las tres de la tarde se anunció su muerte.

Cuenta un simpático periodista destacado a las puertas de su casa:

—Nos encontramos en las puertas de la casa de Maripí, la gran viajera para informarles de los avatares de su propia muerte. Estamos con Maripepa, su vecina y amiga.

Díganos Maripepa, cómo ha ocurrido el episodio de la muerte de su amiga.

—Pues, mire usted, hace dos días, se presentó aquí una mujer vestida de negro, con un velo “como una viuda” que apoyaba su mano derecha en una guadaña puesta boca arriba… “¿Vive aquí Maripí?” Me preguntó, Yo, contesté que sí, “con la cabeza” ya que me impresionó bastante y quedé un poco muda…

—Vaya, no soy capaz de hallarla en casa.

¿Me podría decir a dónde se ha ido?

—¡A Cancún! Contesté.

Me dio pena de que esa pobre tan huesuda viniese tantas veces a preguntar por mi vecina, y tuve que contestarle.

Al momento medio me arrepentí, pues se oyó como un trueno, y la mujer que preguntaba por Maripí, se convirtió en una sombra que corría como una desesperada, como si fuesen las tres menos cinco, y su tren saliese a las tres. Qué apuro, mire usted… Yo desde entonces estoy pensando que si  la muerte de Maripí estaría relacionada con ese hecho tan extraño…

 © Mercedes del Pilar Gil Sánchez; Copyright 

Todos los derechos reservados.

sábado, 1 de abril de 2023

El aroma del recurdo

El aroma del recuerdo
Del primer trozo arrancado por mis dientes saltó la chispa de encendido que da salida a la carrera del recuerdo.
Al instante, pude visualizar ante mí mis pensamientos, volando, cogiendo la altura suficiente que les permitiese ir surcando los escollos causados por el paso inexorable del tiempo.
Vi, que, cruzaron distancias, cuyas medidas serían tomadas en kilómetros, y en las más largas unidades de tiempo.
El fresco pedazo, en el interior de mi boca excitó a las papilas gustativas de lo dulce, las primeras que acompañaran mi niñez, y que poco a poco se han ido rezagando en el rodaje del gusto, para dar prioridad a sabores más neutros o salados.
Mi saliva espabilada de momento, se percató del regusto añejo, para alertar a las glándulas salivares que prestas, y espontáneas vertieron sus líquidos que ansiosos, esperaban tan trascendental momento de ser mezclados con el néctar procedente de la más antigua de las memorias.
Y ahí, mientras masticado por mis dientes, el pedazo vertía todo su encantador jugo contenido, era triturado en diminutos fragmentos, cuya finalidad sería, la de ser tragados.
De camino al tracto digestivo, mi aparato olfativo puso en marcha un camino paralelo, hacia la tarde, a la aburrida hora de la siesta no dormida, y el trasiego de camino que conduce hacia las manzanas.
Las manzanas guardadas en el desván de mi abuela, esparcidas sobre pajas, cuyo olor transgredía a la quietud, y al pensamiento, para convertirse en nada más que tentación sublime; “en el pensamiento único y vivo de la serpiente bíblica por tentadora de manzanas”…
Los jugos en mi boca evocaban aquel tedio, de aquella casa enorme que contenía tres viviendas, y una única habitada.
La casa de mi abuela, donde la hora de mayor respeto, sería la más aburrida; la inacabable hora de la siesta…
Mientras… una niña traviesa, se columpia en la puerta batida del patio, asida a la misma por una mano, que asoma a través de la reja; mientras que, con la otra mano, sostiene el fruto de la delicia; el sabor de los sabores, ese fruto causante del deseo, de piel roja y carne blanca, portador del embrujado aroma... para al terminar de ser degustado, regresar al camino de la apetencia, en que las portadoras del olor embriagante y del gusto, descansan tan felices, esparcidas cada vez a mayor distancia las unas de las otras, sobre pajas frescas que, como el más amarillo de los oros, relucen doradas, para sin querer, hacer resaltar el rojo vivaz de un fruto, hoy convertido en el más hermoso contenedor del recuerdo.
© Mercedes Del Pilar Gil Sánchez
#AbuelaTeCuenta


Y el aire cantaba

Y el aire cantaba... (Título)

 

El rumbo llevaba, y el rumbo perdía,

hendiendo el aire, de la tierra mía.

El aire cantaba… su canto, decía…

“Retorna a tu tierra… ven, Rosalía”.

Te llaman los campos, el árbol, la viña,

te buscan las tierras, a la anochecida.

Reclaman tus pasos las blancas arenas;

las más claras aguas, las playas desiertas.

Desean tu cuerpo las olas más frías,

anhelan caricias las más bellas rías.

Solicitan tus versos, las calles vacías…

las luces más claras, el albor del día.

¡Regresa! Cantaba el aire… Regresa,

el viento, junto a su oído gemía.

El agua, la lluvia, el río, la orilla…

¡Regresa, a tu tierra… Vuelve, Rosalía!

 

Mercedes del Pilar Gil Sánchez

Recordando a Rosalía de Castro.