viernes, 2 de diciembre de 2016

El país "Saludable"

Las noticias del telediario, revelaban la existencia de un país único en el que la enfermedad no tenía presencia.

Simplemente... No existía.

Sus fiestas anuales, se celebraban en el espacio de tiempo que comprendían íntegras, dos semanas; quería la casualidad que ese período de tiempo anual, se repitiera en fechas próximas.

Debía ir a ese lugar especial, y desarrollar in situ, mi actividad periodística… Me fascinó la posibilidad de poder desplazarme hacia un país en el que la vida, era respetada intacta de principio a fin. Su población podía pasar de la vida a la muerte, sin sufrir por periodo alguno de sobrecarga para sus cuerpos, sin estrés oxidativo, sin signos aparentes de padecimiento, como si las almas de esa nación, fuesen tocadas por una mano divina, de un Dios omnipotente.

¿Estaría el milagro comprendido en su aire, o en sus aguas... Poseían alguna planta milagrosa sus campos? ¿Estaría afectada su atmósfera por un aire que precediese al pecado de el Paraíso?...

A mi llegada, las fiestas habían comenzado y me parecieron insólitamente extrañas…

Paseaban sus participantes, cubiertos con algo muy parecido a antiguos sudarios numerados en estricta correlación numérica, muy visible, que venía comprender por entero su espalda… Mientras, los no participantes que en cualquier otro lugar del universo Tierra, solían llamarse espectadores, aquí eran conocidos como “Saludables”

Los Saludables también parecían estar uniformados; su túnica era más perfeccionada, más enriquecida en lo que comprendía a sus tejidos y a su exquisita confección, contrastando con el pobre ropón de los “Participantes” portadores de escasos, y escuetos sudarios.

La intervención de estos participantes, parecía consistir en un paseo, una caminata hacia alguna parte, atravesando un camino extremadamente angosto, en el que no podrían girar hacia atrás, deberían conservar hasta el final, una fila única y unidireccional, no sólo por la estrechez del trayecto, que aparecía en su longitud visible, parapetado por inmensas e infranqueables gradas, atestadas de vociferantes "Saludables". 

No comprendí en qué podía consistir tan extraño juego... Con lo que se me dio por pensar que se trataría de un cerrado circuito  de forma circular u oval, y… la extensa fila de sudarios, por ese simple motivo, no parecía concluir nunca.

Lo que estaba más o menos claro, es que no se trataba de una carrera, pues los números eran correlativos y existían encargados de comprobar su orden correcto durante el singular "recorrido".

No pude evitar fijarme en que los “Saludables” mostraban un rostro sonrosado, sus ojos lucían despiertos y con brillos propios del vigor que proporciona una salud imperturbable.

Me pareció bastante tonto un juego en que personas que parecían agotadas, depauperadas, extintas, y portadoras de sudarios uniformes, caminasen en círculos hasta la extenuación… 

¿Qué sentido tenía dar vueltas… si no era para ganar en una posible meta?... 

Otro hecho curioso, es, que si se trataba de un itinerario circular… ¿Por qué no aparecía nunca el número correspondiente al primero, y la cifra sucesiva crecía sin parar?...

No pude más, de aguantar la intriga, y me decidí a investigar… 

Debía saber qué razón contenía aquél camino, aquella caminata estúpida…

Tras subir a las gradas más altas, donde el griterío animaba el paso de los participantes, y parecía hacer apuestas de... Si un número determinado de sudario, era o no capaz de llegar... hasta el final…

¿Qué final?... ¿Llegar a dónde?... 

Decidí bajar, de un salto, aprovechando un hueco, una distancia entre dos participantes y caminar tras uno de los portadores de sudarios…

Pude ver, tras girar hacia atrás la cabeza, el rostro de mi inmediato seguidor…

Me resultó estremecedor su aspecto… 

Los ojos vidriosos… El pelo quebrado, las pupilas amarillentas, las encías enrojecidas y sanguinolentas… Sin fuerzas suficientes para tragar saliva, babeaba dejando un rastro visible de flema, que iba quedando bajo sus pisadas a lo largo del camino. 

Dos niños pequeños, provistos de pequeños sudarios, caminaban agarrados a la raída mortaja del participante; compartiendo, con quien parecía ser su padre el mismo nauseabundo aspecto… Sentí lástima, y un temor de hielo que cabalgó a toda velocidad por mi espalda.

Tras caminar varios metros, pude llegar a escuchar angustiosos gritos de pánico frente a mí... un poco más allá…


¡No me lo podía creer!… 

Un grupo de “Saludables” provistos de mascarillas, guantes, y revestidos de plásticos, se situaban a ambos lados del final del circuito. Se turnaban de dos en dos, para agarrar a los “Participantes” por las axilas, haciendo caso omiso de pataleos, de histéricos gritos, de extenuantes llantos... Sin piedad alguna, arrojaban uno por uno, a un estremecedor cráter ardiente, a todos los portadores de sudarios numerados que iban llegando a la aterradora meta.

Del espeluznante cráter, salían expelidas a gran altura, grandiosas chispas ruidosas, acompañadas de brillantes llamaradas coloreadas de exquisita regurgitación o ardiente y gustoso eructo, a modo de póstumo saludo del volcán, para cada nuevo participante.

©Mercedes Del Pilar Gil 
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