lunes, 4 de mayo de 2015

EL HIJO DEL HEREJE



   Su hijo Ricardito, sólo tenía tres meses cuando Ricardo, su esposo partió hacia la guerra, después de establecer su pequeña hacienda cerca de una de las fronteras más sólidas creadas en Al-Andalus la llamada Sherish que debía contener los envites de las hordas árabes y demás chusmas venidas de la cercana África.

    Pero la contención como tal, no era suficiente para Ricardo.


  Ricardo era hombre de luchas continuas, de cruces de espadas embriagantes de adrenalina, así que se alistó para empujar a la expulsión de los reinos de granada a todos los usurpadores que confiaban ya en quedarse en esos reinos para siempre.


  Ahora, Aldamira se encontraba embarazada y muy próxima a parir un hijo no deseado, al que juró no alumbrar con vida.

  Los dolores del parto se estaban haciendo cada vez más insoportables, no se mantenía ya de pie, aunque sabía que sin ayuda, no podría tenderse en ningún sitio, debía permanecer en posición en cuclillas, dejando así que la fuerza ejercida por la tierra fuese capaz de ayudar al parto. Con las piernas lo más abiertas que podía soportar, y pese al deseo de matar a aquél pequeño intruso, debía mantener la posición y agarrarse a algo para no caerse de espaldas.

    Si al menos estuviese allí Adela, la que era su criada, pero a ella se la habían llevado los malditos herejes el día que lo devastaron todo. Recordaba de aquél día como destrozaron sus cosechas, aquellas que había plantado con tanto trabajo, cavando mientras cargaba a su espalda su pequeño hijito, el pequeño Ricardo.

    Menos mal que lo escondió bajo el suelo de la casa mientras ella era mancillada. Habían ensayado algunas veces una posible situación de sitio o de ataque y al principio, para que el niño se acostumbrase a la situación sin miedo, se escondía ella con el niño bajo las tablas. Un pequeño espacio entarimado en la cocina sobre un suelo de tierra negra.

    Poco a poco, lo iba dejando un rato solo, y cada vez un rato más largo, hasta conseguir que el pequeño estuviese tranquilo y hasta llegar a quedarse dormido en el estrecho y oscuro escondite.

    Ahora los dolores se hacían más y más cortos en el tiempo y más y más largos en duración, hasta unirse uno a otro para hacerse continuos. Hasta el punto de hacerle perder el temor a gritar y a llamar la atención. Desde el desgraciado suceso, tenía miedo de todo y toda prudencia le parecía poca. Ricardito en su media lengua le preguntaba:

 - ¿Duele mamá? –

 - ¿Por qué duele mamá, tienes pupa? – Decía el nene acariciando la rodilla de su madre.

    Ella pidió a Ricardito que le acercase un chuchillo y un cordel.

   El hijo del hereje se abrió camino por entre las dos piernas en flexión y la madre asesina, con aquellas pequeñas fuerzas que le quedaban, bajó sus manos, recogió su cabeza y con el máximo de sus cariños, ayudó a su bebé, lo tomó en sus brazos, ató y cortó el cordón umbilical, se le quedó contemplando un rato, mirando aquellos ojitos negros y aquel pelo oscuro con la mayor de las dulzuras.

 - ¿Puedo coger al nene? – Preguntó Ricardito.

 - No, el nene es muy pequeñito, cariño y tú también. Se te podría caer y hacerse daño. 

- ¡Nadie te hará daño, precioso morenito mío!

- ¡Y que no es guapo mi niño!

- ¡Mamá está aquí para defender a sus dos tesoros!

- ¡Ven aquí, Ricardito, junto a mí y junto a tu hermano!

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