viernes, 24 de abril de 2015

Estudiando Naturales

Los días de castigo se hacían interminables El libro de naturales abierto sobre la mesa de escritorio, convenientemente preparado para cuando entre papá o mamá.

Tras cinco minutos contemplando el libro, ocurría la infinita maravilla de lo inesperado… Un inmenso universo paralelo, penetraba en mi pequeña habitación a través de mi exigua ventana, para transportarme  en sus brazos a través de mundos infinitamente distantes e infinitamente desconocidos, habitados por diversos y extraños seres capaces de vivir en una plácida, inigualable armonía.

Al poco, me veía flotando en un camino formado de estrellas, nebulosas, y diminutos cuerpos celestes ascendentes.

El libro permanecía sobre la mesa como una huella terrible e imperecedera de mi castigo, le veía cada vez desde más lejos hasta haberse convertido en un punto microscópico incapaz de ser diferenciado de los demás puntitos estelares.

Mi mirada seguía fija en el puntito, mientras me alejaba flotando. Soportaban el peso de mis pies, dulces y hermosas flores aladas que iban desprendiendo sus deleitosos aromas frutales conocidos por mí como mandarina, manzana o pomelo.

Me llevaron como tele-transportado, hasta un jardín donde las mariposas se comportaban exactamente igual que aquí las flores, prendidas de sus tallos libres de espinas, aleteando sus alas al viento para hacer desprender su jugoso y brillante polen, más allá pude ver flores abejas preciosas con relucientes rayitas doradas libres también de aguijones. Las flores que me habían traído, tras depositarme en el suelo, volaron a libar ávidas de aquél zumo dulzón que producían las flores abejas.

Me sentía maravillado de ver aquel espectáculo maravilloso y único, cuando apareció un bello conejo alado persiguiendo a un águila corredora que asustada se guareció bajo el suelo en una especie de abrigada madriguera.

Disgustado el conejo, se posó a mi lado entristecido.

-Yo sólo quería jugar-

Musitó un tanto compungido dirigiéndose a mí.

-Hace varios días que no salgo y necesito volar y correr para estirar mis alas y aliviar mi mente de tanta retención y estudio-

-¿Qué te ha pasado conejito? –

Pregunté lleno de curiosidad.

-¡Aliconejo! -

Me corrigió.

-Suspendí el examen de matemáticas-

Contestó describiendo en su mirada una aguda tristeza que enturbió también su hasta entonces media sonrisa.

Dediqué a aquella absoluta belleza alada la más comprensiva de todas mis miradas.

-¿Tú has suspendido alguna vez? –

Asentí moviendo mi cabeza de arriba hacia abajo. Yo también entonces… mostré mi rostro más entristecido.

-Sí, conejito. ¡Perdón! Aliconejo. Sí que he suspendido, y estoy castigado en mi cuarto hasta que me sepa todas las lecciones que entraban en el examen. –

-Te ayudaré –

Repuso muy dispuesto el conejo alado.

-Aquí es todo naturaleza, así que te la iré mostrando y seguro que aprobarás tu examen de Naturales. –

Miré a mi alrededor y no me quedó más remedio que olvidar mi cara triste para convertirla en una sonrisa abierta aunque un poco pasmada.

-Tienes razón amigo aliconejo… pero esta naturaleza es tan diferente… No sé si serviría para mi examen. –

Entendí su gesto un poco molesto, así que le dije:

-Amigo, agradezco tu ayuda, seguro que aprobaré gracias a tus enseñanzas. –

Señaló con su preciosa alita blanca una bandada de margaritas que se acercaban cantarinas y dicharacheras formando  un murmullo un tanto estruendoso.

-Estas son besimargas y son las más cariñosas de nuestras flores. –

Una besimarga se acercó, tocó mi mejilla con sus labios y musitó muy cariñosa en mi oído:

-Vente a cenar, mi chiquitín. –

Abrí los ojos. Mamá había abierto la puerta. Se oían voces que llegaban de la cocina. Acariciándome preguntó con cara pícara y sonriente.


-¿Has estudiado mucho? –

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