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miércoles, 3 de agosto de 2016

Qué gran aventura!

Pensaba subir a pie, llegaba de la piscina y debería continuar los ejercicios, si en realidad deseaba llegar a ponerme en bikini este año.

Pocos días antes, me resultaría imposible alcanzar el décimo piso escalera a escalera. La natación me estaba proporcionando energía y agilidad, además de resistencia, y comenzaba a notarse mi cintura. Esa pequeñez, me hacía recuperar la autoestima, me sentía ilusionada, quizá llegase a ver de nuevo mi vello púbico sin tener que ponerme frente al espejo, con un simple  mirar hacia abajo…

No había nadie en el portal, a excepción de él.

Me miró de arriba abajo.

Le miré…

Haciendo caso a un leve gesto, entré al ascensor.

Mi mente comenzó a soñar…

¡Qué tío tan fornido, qué pinta de atleta qué cara más bella! Pensaba casi en voz alta, mientras le contemplaba con toda atención y deseo.

Nos posicionamos uno frente al otro…

Me miraba incesantemente, se acercó a mí…

Abrió la boca con intención de hablar y, la acercó a mi oreja…

Me derretí… ¡Qué calor, Señor!

—Señora, ¿Podría ayudarme?

Permití que el tirante de mi camiseta se deslizase hacia abajo para que notase mi buena predisposición… Pensé entonces... "¿Se le habrá atascado la cremallera. Le habría ocurrido algún percance parecido?"…

¡Estaba dispuesta a ayudarle!

—¿En qué te ayudo, Cielo?

Le contesté.

—¡He dejado la máquina del bar a punto!

---¿Podría usted prestarme diez euros?

—¿Diez euros?

Aproveché la llegada del ascensor al décimo piso para bajarme apresurada. 

No sin antes despedirme de él como se merecía.

—¡Estúpido ludópata!!!!

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