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domingo, 14 de agosto de 2016

No dejes para mañana...

No dejes para mañana…

Una frase hecha, que por repetida pocas veces se le toma en cuenta. Ocurre que cuando acostumbramos nuestros oídos a una repetición de palabras encadenadas, por mucha razón que éstas en sí mismas lleven, las tomamos por algo ya sabido, algo que estamos hartos de escuchar, y vacunados ya contra lo que encierra en sí dicha frase, la desechamos, la proscribimos de nuestras mentes.

Creo que todos odiamos esa frase. Sí, lo creo, porque se ha abusado de ella,  se ha repetido con demasiada frecuencia y ha perdido su efectividad, su cualidad de sorpresa, su frescura, y ya no hace efecto. Se ha quedado caducada por exceso de uso.

Al no causar ya efecto, jamás se nos ocurre pensar que quizá no tengamos otra oportunidad, que debemos escuchar la sabiduría popular, y te tomas la libertad de darte tiempo, de posponer aquello que deseabas hacer, aquello que renacía día a día dentro de ti, dentro de tu alma. Aquello, que una y otra vez llegaba a tu mente para encontrar salida, para hallar el momento del desborde necesario para ser volcado.

Jamás piensas que aquél puede ser el único momento; la última oportunidad.

Sin embargo, la vida, o mejor dicho, la inexorable muerte, tiene otros planes para ti, y para la oportunidad que te tomaste la libertad de posponer.

No he tenido la oportunidad de decirte que el día en que te conocí te sentí como una persona cercana, amable y cariñosa, no la tuve, y por ese motivo te lo digo ahora, para que desde donde estés recibas mi respeto, mi cariño y mi deseo de comunicación que quedó dentro de mí, pospuesto, postergado, esperando una oportunidad de atreverme a hablar contigo.

Mi cariño para ti, volará hacia el lugar donde ahora estés, que será en medio de ángeles, seres inteligentes, amables y bondadosos como lo eres tú, amigo,  compañero de tertulia.

Hasta luego, hasta siempre. 

Un abrazo

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