viernes, 12 de junio de 2015

BÁRBAROS Y ROMANOS

Un ejército de romanos emergía por detrás de un montículo. En un principio, cuando comenzaron a emerger, no podía imaginar de qué se trataba. Sus penachos rojos resultaban a la vista como un campo de flores crecientes con extraños tallos metálicos.

Poco a poco, vi crecer la imagen de arriba hacia abajo, el casco quedaba ya al descubierto infundiendo el mayor de los respetos, un respeto creciente a medida que crecía la imagen y dejaba ver cada vez mejor las partes componentes de su marcial uniforme. Jamás pensé que un hombre con “faldita” podría infundir tantísimo respeto y tantísimo temor.

Antes de que la imagen se completara hasta dejar ver los pies, eché a correr hacia uno de los lados despejados del campo en el que me encontraba. Corría sin dejar de mirar hacia mi derecha.

El sonido de los pasos del ejército romano se hacía ensordecedor, su desfile a paso ligero golpeaba el suelo multiplicando así la sensación de numerosidad grupal que dejaba sin saliva mi garganta.

No lo había advertido antes, pero a mi izquierda, oí como un eco multiplicado de sonidos, que  hizo girar mi cabeza. Entonces pude contemplar espeluznado un grupo tremendamente mosqueado de bárbaros acercándose a la carrera.

Golpeaban sus escudos con la rudimentaria espada. Sus pies se cubrían con pieles de lobo y en sus espaldas, lucían alas arrebatadas a horribles y enormes buitres negros. Sus vestidos no lucían idénticos ni trabajados como los romanos pero sí imprimían en ellos el dolor y el miedo que transmitían sus pasos.

El que sería su líder, montaba un caballo blanco y en su mano, a modo de estandarte, una pica con una cabeza romana teñía de rojo la mano que sostenía la lanza.

Aún permanecían lejos, los unos de los otros, pero el hedor cabalgaba a mayor velocidad que la furia, los pasos ligeros y la maldad que desprendían ambos ejércitos. El hedor estaba compuesto por los cientos de cuerpos sin lavar, por las cabezas en descomposición, por las horribles y asquerosas alas de buitre negro, por la falta de letrinas, por las feromonas y la adrenalina que brotaban a raudales de aquellos fornidos cuerpos, de jóvenes luchadores dispuestos a morir matando.

Muy cerca de mi posición, una piedra enorme cayó aproximándose a la avanzadilla de bárbaros que quedaban ya casi a tiro de los romanos.

Mi posición semi oculta detrás de unas cuantas hierbas altas, estaba a punto de ser invadida por los contrincantes bárbaros, así que me vi en la necesidad de abandonarla a toda velocidad, hasta alcanzar una pequeña elevación del terreno tras la que me escondí y desde la que percibía una más nítida imagen.

El primer encuentro de contrincantes, cercenó brazos, piernas, cabezas y descorazonó a cientos de guerreros. La técnica y estrategia romana no era esta vez ventaja, ante la kamikaze lucha a muerte del ejército bárbaro.

Todos… menos uno, que saltó a guarecerse de la guerra sobre mí. Apareció de la nada, le aparté de un empujón y eché a correr otra vez en dirección hacia mi máquina del tiempo.


Mientras la ponía en marcha y la programaba, el bárbaro alcanzó la nave sin puerta y con un único asiento donde ambos viajamos de vuelta, sirviendo yo de mullido cojín para aquél pestilente ser alado que veía llenarse de vómitos sin comprender su procedencia. Mi halo de invisibilidad, me salvaba la vida, pero no salvaba mi estómago ni mi olfato. Solo me quedó rezar por una pronta arribada y poder borrar de la memoria algún día aquella pestilencia y aquel recuerdo de muerte bárbaro-romana.

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