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lunes, 26 de octubre de 2026

La luna que perdió una palabra.

En un pueblo de casitas blancas, a la verita del mar, vivía una niña llamada Anita. Cada noche, antes de dormir, hablaba con la Luna asomada a su ventana.
—Buenas noches, Luna. 
¿Qué historia me contarás hoy?
Pero una noche la Luna contestó con una voz muy chiquita y tristona:
—Anitaa, se me ha  perdido una palabra.
—¿Una palabra? —preguntó la niña—. ¿Cómo se llama?
—No lo sé —suspiró la Luna—. Por eso no puedo terminarla.
Anita tomó su linterna, su cuaderno y su gato Chetos, y juntos salieron a buscar la palabra perdida.
Hicieron muchas preguntas a sus amigas las olas, que respondieron con un “shhh” suave, a los faroles, que dijeron “¡clinc, clinc!”. Preguntaron hasta a un caracol, que tardó tanto en responder que Anita se quedó dormida por un ratito.
Al despertar, vio que Chetos jugaba con una hoja brillante. En ella había una palabra muy diminuta:
“mañana”
—¡Ahí está! —gritó Anita.
Subió a la colina más alta y levantó la hoja hacia el cielo.
—¡Luna! ¡Encontré tu palabra!
La Luna sonrió con una luz dorada brillante.
—Gracias, Anita. 

Sin “mañana”, no podía prometerte que volvería a brillar.
Y desde entonces, cada noche la Luna devolvía a su amiga una palabra nueva: sueño, valiente, abrazo o estrella. Porque las palabras, como los amigos, se cuidan mejor cuando se comparten.
                              Fin. 

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