Había una vez dos caminantes que compartían un solo sendero. Durante años, él sostuvo el paso firme, siendo la madera fuerte donde ella apoyaba sus dudas. Pero un día, el camino se volvió empinado y él necesitó cerrar los ojos para descansar.
Ella, con el corazón latiendo a mil por hora, no dejó que el miedo la detuviera. Simplemente cambió de lado, le ofreció su hombro y descubrió que, aunque sus manos temblaran, su alma era de roble. Porque el amor no es solo caminar juntos, es saber cuándo te toca a ti ser el suelo que el otro pisa para no caer.
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