domingo, 26 de junio de 2016

Cómo friega la abuela!

Mi abuela salió a la calle,
Y cayó al cruzar la vía,
Se sintió que al caer,
La acera entera rompía.
Más intacta dejó la acera,
Y resultó descompuesta,
La mano de la abuelilla.

Quejosa, fregaba el suelo,
Quejosa, el suelo barría.
Compró fregona rotante,
Y rotó tras la fregona.
Igual a horrible tornado,
Rotó y rotó, noche y día.

Rotó escalando paredes,
Rotó baños y cocinas,
Rotó salones, terrazas,
Y se mantuvo rotando,
Hasta amanecido el día.

Ya no le duele la mano,
A la aguerrida abuelilla,
Que ahora, le duele todo,
Le duele, hasta la cara,
Hombros, piernas, pies, rodillas.

Esta mañana temprano,
Le he preparado papillas,
Para no causarle más daño,
Se la doy, a cucharillas.
Pues me gusta que mi abuela,

Ni hoy, ni nunca, esté malita.

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Bajo la arboleda

Podía ver con toda claridad la bóveda de un bello bosque justo sobre mi cuerpo. Estaba aterida, y sentía mis propias lágrimas congeladas, impidiéndome abrir los ojos en su totalidad.

Había oído perros ladrar, cuando todo estaba oscuro y la noche era capaz de rodear la inmensidad del globo terráqueo.

Intenté recordar, más no pude.

¿Qué hago aquí?

¿Por qué este barullo de gente en lo que parece ser un lugar solitario?

Me sentía amoratada, congelada.

¡Helada!

¿Por qué sentía el aire de hielo en la profundidad de mis muslos?

Entonces lo recordé todo…

Sí, todo, pero ya era tarde…

Demasiado tarde…

Oí el ruido de una cremallera cerrarse y regresó la oscuridad de la noche, pero esta vez sin ladridos de perros.

Alguien habló cerca de mí.

Una voz conocida.

—¡Sí, es ella!—
—¡Es ella!—
—¡Mariela!—
—¡Mariela, no me dejes, Mariela!—

Sollozaba, lloraba como un niño perdido, inocente y pequeño.

Lloraba, era capaz de llorar por mí...

Él, que me había dado muerte…

La rabia, el desconsuelo, la decepción, y el calor que sentí metida en aquella bolsa para cadáveres, me hizo reaccionar.

Respiré, noté como el aire entraba en mis pulmones y los ensanchaba presuroso, con ganas de oxigenar mi corazón, mi sangre y mi cerebro. Lo sentí penetrar y noté recorrer la sangre caliente por mi cuerpo tumefacto.

¡No podía moverme! 

No podía, pero la ira, y el pánico, se unieron para proveer a mi garganta del más horrible de los sonidos que jamás habían salido de mi boca.

Volví a escuchar la cremallera, con un sonido que se producía a la inversa del anterior.


Alguien levantó mi cabeza en el momento justo en que él corría en dirección contraria a la que mantenía la posición de mi cuerpo.

Huía dando alaridos, poseído por el pavor y la locura.

Mientras yo, ahora gozaba de la luz que se filtraba entre las cúpulas de unos árboles cubiertos por hojas que viajaban desde el color verde hasta alcanzar toda variedad de ocres. 

Recibí con cariño el respirador, la camilla, y lo que es más importante: 

¡La vida!


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Una fotografía de la gran fotógrafa, Leonor Montañés Beltrán.

jueves, 16 de junio de 2016

Diferente!

En un jardín del Oriente,
Nació una flor diferente.

Crecía la flor sin desmayo,
Libre de hojas y tallo.

Progresaba en raseo,
Maduraba a ras de suelo.

Lloraba con desconsuelo,
No podía ver el cielo.

Flores más altas, y bellas,
Tapaban luces de estrellas.

¡El cielo es para todos!
Protestaba sin decoro.

¿Puedes apartarte un poco?
¡Muévete hacia ese lado!

¡Retírate hacia este otro!
¿No puedes moverte un poco?

Las flores altas, talludas,
Se aferraban testarudas,

No moviendo sus gorduras,
De su lugar ventajoso.

Nada cubría sus ojos,
Flor rastrera se esforzaba.

Hacia arriba se empujaba,
Y del suelo se arrancaba.

Tapó su nariz y su boca,
Sopló, sopló y resopló,
Y sus estambres se hinchó.

Se infló la flor diferente,
Y se elevó de repente.

El cielo en cuanto la vio,
Con luces mil, le saludó.


Mil luces de mil estrellas
Esperaban a la bella.

Sorprendida de esplendor,
Nuestra bella dijo ¡Oh!

Y una boca grande abrió,
Que a la flor la desinfló.

Al escapar sin pudor,
El aire que la elevó.

Y al suelo la derribó.
Al caer se espachurró.

Contra el suelo se estrujó,
Y bien pronto se durmió.

Nada importaba a la flor.

El cielo que contempló,
Llenó su imaginación.

De belleza y gran candor,
Y a soñar se dedicó.

Espachurrada, torcida,
Sin tallo, sin pies, dormida.

Nuestra flor feliz crecía
Soñando que se inflaría,
Y un nuevo cielo vería.


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miércoles, 15 de junio de 2016

Pelusas

Mi manta blanca de lana,
Desprende pelusa clara.

Más ésta manta de pluma,
Escupe pelusa oscura,
Igual a noche de bruma.

Se escuda en la negrura
La pelusa nívea y pura,
Brillante como de luna.

Mientras pelusa más negra,
Recorre la casa entera.

Se arremolinan, rodean,
A las más claras, de cera.

A veces gritan, y aprietan,
Y las más albas lamentan.

Quisieran estas pelusas,
Salir, brincar sin cordura.

Arrastrarse por el viento,
Correr, volar sin lamento.

Aprovechar las ventiscas,
Girar, danzar, entre risas,
Por salones sin aristas.

Entró en el juego la escoba,
Alta, rubia, y sin joroba.

Barrió de coraje la alcoba,
Juntó pelusas sin coba.

Llenó de negra pelusa,
Caja grande y bien obtusa.

Preocupadas las más claras,
Un rescate ya prepararan.

Liberando a las oscuras,
Escaparon sin más dudas.

Sin discriminar por tonos,
Si eran claras u oscuras,
Se avientan ambas pelusas.

Travesean, desaprueban,
Rodean, patinan, vuelan,

En bailes claros y oscuros.
Partieron libres de muros.

Huyeron de diferencias,
De fanatismos adustos.

Las brisas las remontaron,
Mil vientos las ayudaron,

A gran altitud volaron.
Juntos, blancos con los negros.

Felices; y sin recelos,
Ya por siempre coexistieron.

Sin presiones, sin destierros,
Los más blancos, con morenos.

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