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lunes, 17 de octubre de 2016

Una fiesta de Halloween

El día amaneció dentro de la cotidianidad: Despertar, duchar y, desayunar son los tres actos más automáticos que Leopoldo hacía después del latir de su corazón y de su respiración, que salvo en las tardes de piscina y alguna que otra zambullida en la bañera, solía producirse a su ritmo, y automáticamente. Y… el ir al instituto a dar clases... Aunque hoy Existía una excepción, y es que hoy, es sábado y no irá a dar clases al instituto de Educación Secundaria de “La Oleada del Tedio”

Sobre las once de la mañana, llamaron a la puerta.

Desacostumbrado Leopoldo a que tales hechos perturbasen sus días, se sobresaltó, aunque acudió a abrir sin demasiada premura, aunque también, sin demasiada demora.

—¡Buenos días!—Saludó aquella especie de cartero que asomó como primera muestra física de su persona, la nariz, aprovechando el primer resquicio de apertura en la puerta.

—Buenos días. —contestó Leopoldo un tanto tímidamente y en tono de sorpresa.

—Le traigo una invitación personal, que he de entregar en mano. —Se produjo una pausa y prosiguió…

¿Es usted Don Leopoldo Grana Cerezo, profesor director del Instituto de Enseñanza Secundaria de “La Oleada del Tedio”?—

—Sí, soy yo… Salvo por un pequeño error…

No soy director del Instituto. Soy profesor de Ciencias Inexactas.—

—¿Querrá usted decir Ciencias Exactas. No, Señor Leopoldo? —Rectificó el señor cartero un tanto escéptico.

—No. Ciencias exactas corren por cuenta de mi compañero Demetrio. Yo, me dedico a impartir “Inexactas” y… No crea usted, es una asignatura muy interesante. —Puntualizó el profesor, ratificándose en la importancia de una inusual asignatura, pero con demanda de impartición y en auge.

Es más, —Continuó Don Leopoldo. —Tenemos la gran suerte de que La Oleada del Tedio, goce de la gran distinción de poseer la única aula del pueblo que imparte esta sin par disciplina.
El cartero notó la inmensa gana de Don Leopoldo en explicar su metodología y pormenores sobre la asignatura y entonces, sin aviso previo, decidió cortar por lo sano interrumpiendo al institutor bruscamente.

Sacó de su carpeta un sobre sellado, y sin más preámbulos, se lo colocó a la altura del pecho (casi tocando al hombre) perturbando su tranquilidad con la brusquedad del hecho.

Acompañó la sequedad del gesto, con éstas secas palabras:
—¡Debe usted firmar aquí, para que pueda justificar la entrega de la misiva…

Ha de poner la fecha y la hora, acompañadas de su número de identificación social!...

—¿Identificación social? —Preguntó extrañado el galeno —¿Quizá quiera usted decir que debo poner el número de identidad?…

—¡Debe usted poner el de identificación social… Pero… si lo que desea poner es el de Identificación… Ponga usted el que le venga en gana!

Cada vez más sorprendido, Leopoldo firmó, buscó su número de identificación Social y lo plasmó en el papel ofrecido por el extraño cartero. Firmó, y terminó de manchar el blanco del papel con la fecha y la hora.

Cerró la puerta, el hombre que había perturbado su mañana de sábado, bajó las escaleras, tal como había subido, sin hacer ni pizca de ruido.
Leopoldo, rasgó el sobre sin protocolo alguno, sin miramientos, tanto que el sello plasmado en su frontal y su nombre, quedaron separados en dos mitades y con una rotura en forma de ese.
La envoltura del sobre, dejó al descubierto una invitación diseñada con todo esmero y cuidado.
La invitación decía así:

Los Duques de Oleada del Tedio tienen el gusto de invitarle a la fiesta que se celebrará esta misma noche.
Como ya sabrá, Señor Leopoldo, esta noche tendrá lugar en nuestro palacio la fiesta anual de Halloween en la que será usted nuestro real invitado de honor.
Contamos con su ilustre presencia.
Un saludo cordial.
Avarado y Bramuela (Duques de Oleada del Tedio)

Jamás había oído hablar de los duques, aunque sí sabía de un palacio en el pueblo, del que desconocía datos de inquilinos o linaje. Leopoldo en un principio quedó un tanto desconcertado y, le embargó una pequeña suspicacia, un atisbo de desconfianza que encogía su corazón. Releyó más de una vez la misiva… y… Sacó en conclusión, que… Desde su perspectiva de profesor de instituto, no halló en aquella invitación ningún dato que le hiciese persistir en su desconfianza…

A la tercera o cuarta revisión, pensó que estaría muy bien recordar aquellas noches de Halloween de cuando era pequeño, el susto del disfraz…

Recordó aquella vez que mamá lo vistió de zombie, cuando le mostró el disfraz y el maquillaje en el espejo… ¡Jajajaja! Cuánto lloró al no comprender que tras ese maquillaje quien estaba allí era él mismo.

¡Qué susto tan grande!... (Pensó con el cariño de un feliz recuerdo).
Aquella otra vez, que llegó de la calle y le abrió la puerta disfrazado de vampiro, su hermano Edelmiro…

No podía dejar de llorar, y el susto fue tan grande que se le cortaba la respiración, y corría peligro de perder el conocimiento.

Recordaba a su asustada mamá intentando tranquilizarle, diciéndole que los colmillos que presentaba su hermano asomando entre sus labios eran de juguete, y que no servían para morder, por su inconsistencia y su falta de filo.

—¡No pinchan, ves… No pinchan! —Trataba de convencerle su madre aplastando los colmillos (ya fuera de la boca de Edelmiro) una y otra vez, contra la palma de su mano.

Poco a poco, su hermano fue quedándose sin disfraz (con lo contento y gracioso que estaba creyéndose un verdadero vampiro)
Mamá le fue quitando la capa, las pinturas rojas que simulaban la sangre, sus espléndidos colmillos, la cicatriz escrita con pintura negra… y el pico pintado en la frente, que asomaba por debajo de su pelo.

Lo despeinó, le quitó el repeinado. Recordaba la cara de Edelmiro risueña al abrirme la puerta, y como se fue enturbiando su semblante a medida que su mamá le privaba de su presencia como vampiro; y como terminaron los dos llorando. Él, de repente, a causa del pánico y Edelmiro, poco a poco, a medida que iba perdiendo sus atributos vampíricos.

¡Pobre Edelmiro! Después recordó que hubo de consolarle por chafarle la noche de dicha y protagonismo.

Hasta tuvo que prometerle hacer su tarea del colegio por una medida inexacta de días, que se fue convirtiendo en costumbre.
Perdido en esos graciosos e íntimos pensamientos, le asaltó una duda…

No había preguntado al portador de la carta si debía ir disfrazado…
Halloween es la noche del disfraz —Pensó de nuevo en la invitación… Y ello le hizo decidir que se trataba de una fiesta de Halloween convencional. Como todas las fiestas de Halloween…
Según la experiencia de Leopoldo, eso significaba que debía disfrazarse.

Se agenció un disfraz que confeccionó con una sábana blanca, a la que pintó y recortó el contorno de unos ojos redondos y grandes. Se lo probó, y… quizá por la excitación le invadió un repentino sueño.
Sobre las ocho de la tarde, despertó de su siesta y se encaminó enfundado en la sábana hacia el palacio del pueblo.

Entró sin llamar.

Llevaba en la mano y en lugar visible la invitación, por si alguien se la requería.

Le extrañó que nadie le mirase ni le diese importancia alguna.
Aunque él… siempre tan cortés, saludaba a quienes se le cruzaban, a quienes veía de frente, a quienes pasaban cerca… Había saludado a todos los invitados al cabo de un rato de presencia en la fiesta…

Le extrañó ver a alguien vestido de vampiro muy parecido a su difunto hermano Edelmiro… y esto le provocó una sensación entrañablemente agradable.

Y le extrañaba más que nada, que nadie contestase a su saludo.
A la mitad de la fiesta; la duquesa, se subió al palco de la orquesta y advirtió a los presentes…

—¡Recordad, que gozamos de la presencia de un fantasma real… Y que habrá un premio para quienes lo adviertan!—

Esto intrigó a Leopoldo y le hizo poner interés en su entorno.

—No estaría mal pillar a un fantasma —Se permitió pensar
Aquella nueva expectativa, entretuvo sus minutos siguientes en la fiesta…

Mas… Cada vez le chocaba más el despiste de la gente, el sentirse como un extraño entre desconocidos…

Sí, realmente, Leopoldo era ignorado en aquél lugar de jolgorio y fiesta.

Advirtió que había gente que por grupos se hacían fotografías frente a un enorme espejo antiguo decorado con un marco que llevaba una distintiva corona de escudo familiar en su parte de superior.

Sería bueno tener un recuerdo de esta noche… Pensó Leopoldo.
Y… se colocó delante, haciendo el fantasma, junto a un grupo que posaba para el espejo….

—¡Esto no lo puedo tolerar!—gritó muy enojado.

¡No puedo tolerar que me ignore también el espejo!

Leopoldo, se arrancó la sábana que cubría su rostro y su cuerpo…

—¡Fantasma!!!—

Gritaron a coro señalándole con el índice, todos los presentes.


Leopoldo, no comprendió qué había ocurrido aquella noche, en aquella estúpida fiesta.



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