jueves, 18 de diciembre de 2014

Carta a Papá Noel




Papá Noel, agobiado ya de leer y leer más y más cartas, y apuntar en su agenda de nombres, una por una, las peticiones de todos los niños y niñas que le habían escrito este año….

De pronto, una carta le dejó totalmente perplejo y confundido.

Papá Noel, tenía muchísisisima prisa, ya estábamos a día 24 de diciembre y esta era la noche mágica en que debía descender por todas las chimeneas de todo el Mundo, cargado con su enorme y pesado saco.

Le esperaba una dura jornada, pero tuvo que hacer una pausa e interrumpir la cadena formada por su esposa, Mamá Noel y sus elfos, que estaban distribuidos en lo que venía a ser una larga cadena de variadas categorías.

El principio de la cadena, estaba formada por elfos clasificadores, que se dedicaban a distribuir las cartas después de leídas por Papá Noel en varios montones.

Un montón estaba dedicado a las cartas de niños.

El siguiente montón hacía referencia a las cartas escritas por las niñas.

Los elfos siguientes, distribuían las cartas por edades.

Carta de niño bebé que casi siempre consistía en una hoja de una revista de juguetes señalada con una pequeña manchita, hecha con la yemita del diminuto dedo índice del pequeñin.

Carta de niño de más de tres años.

Esta vez, casi siempre, el niño enviaba una página de la revista de juguetes con su juguete favorito señalado por un tachón hecho con un rotulador de punta gruesa.

Carta de niño de más de seis años.

Estas cartas suelen estar escritas muy pulcramente, aunque con letras un tanto inseguras.

Carta de niño de más de ocho…

Y así sucesivamente.

Hacían lo mismo con las cartas de niña, quedando también éstas, distribuidas por edades.

La distribución proseguía después con los niños cuya petición comenzaba por:

Querido Papá Noel, tráeme lo que tú quieras.

Cuando Papá Noel y los elfos encontraban una carta de esas, casi siempre, hacían un estudio previo de los gustos del niño, o niña que la enviaba. Y hasta alguna vez... se dirigían hacia la casa del peque o la peque, e investigaban a ver qué le podía hacer ilusión, o qué le podría hacer falta al niño o niña que enviaba aquella carta, que demostraba quizá.... interés por todo o... Quizá... por nada. Pero lo que quedaba muy claro es que el niño o niña, depositaba toda su confianza en Papá Noel.


Así que esas cartas siempre eran merecedoras de un exhaustivo 

estudio previo, antes de decidir qué llevar la noche de Navidad, 

pues Papá Noel ponía muchísimo cuidado para no meter la pata.

Papá Noel, había sido siempre muy concienzudo, y no quería defraudar a los niños o niñas que habían depositado su confianza en él, así que pocas veces fallaba, y por eso, todos los niños, generación tras generación, después de miles y miles de generaciones, continuaban enviándole peticiones para el día de Navidad.

Si de algo se sentía orgulloso Papá Noel era de la confianza que sentían los niños en su persona.

Hasta muchas veces, pensaba que su enorme barriga se había ido formado gracias a su felicidad, y a la felicidad de los niños que en él tanto y tanto confiaban.

Por eso, le extrañó tanto recibir aquella carta de aquella niña que él conocía tan bien de años anteriores.

Merceditas (que así se llamaba la niña) le había escrito cartas en los años pasados.

En la carta del año pasado, como en la de otros años, Merceditas hacía peticiones para las personas cercanas a ella, para los pobres y apenas pedía algo para sí misma.

Eran cartas largas, en las que hablaba de sus amigos y amigas, de sus papás y de las cosas que le preocupaban.

Unas cartas preciosas... (Opinaba Papá Noel)

Por eso, la carta de este año le dejó helado, traspuesto, petrificado.

Cuando Papá Noel abrió la carta de Merceditas, leyó aquellas palabras escritas en letras enormes que decían así:

¡NO quiero NADA!

Papá Noel, se entristeció e imaginó que algo grave ocurría en la mente de Merceditas.

- ¡Tengo que hablar con ella!. –

Se levantó Papá Noel muy seguro y muy dispuesto a llevar a cabo aquella idea de hablar con Merceditas.

- ¡Estás loco! –

- ¿Cómo vas a ir a hablar con Merceditas? –

- ¡Eso va contra las reglas! –

Protestó Mamá Noel muy enfadada.


- ¡Papá Noel, no puede hablar con los niños! –

- ¡Eso va contra las normas de la Navidad! –

Prosiguió la señora Noel.

-¡Tengo que ir, e iré a hablar con Merceditas! 

-¡No me quedo sin saber qué le ocurre!.

Papá Noel cogió su trineo y una vez dentro de él, pidió a sus renos que remontaran el vuelo.

El trineo de Papá Noel surcó los cielos a mayor velocidad de la que puede producir un rayo, dejando tras de sí, una estela de estrellas doradas y brillantes, tan espesa que casi se podría caminar encima de ella.

Papá Noel, no tardó, pues en llegar a casa de Merceditas, aún viniendo desde tan lejos, como desde el Polo Norte, y viviendo ella en una esquinita de Europa. Una península llamada España y en una puntita de ésta, Cádiz.

Llegó temprano, Merceditas aún estaba ayudando a mamá, con los preparativos de la cena, y debía cenar aún. Después se acostaría a dormir.

Merceditas, estaba tranquila, este año no le invadían los nervios de la Nochebuena, no tenía el ansia de no dormir, o de despertar temprano como en las nochebuenas de los años anteriores.

Estaba tranquila y relajada, y sabía que en cuanto se metiera entre las sábanas se quedaría dormida como cuando era una pequeña bebita.

Y... Eso era lo que esperaba Papá Noel.

Que se quedase dormida.


Papá Noel no podría hablar con los niños.

¡NO!

No podía.

Pero sí... podía introducirse dentro de sus sueños.

Esperó frente a la ventana de Merceditas, haciendo valer su poder único de la INVISIBILIDAD, para él, para sus renos y todo su inmenso trineo.

Mientras esperaba, estuvo contemplando a la niña, y llevando un control de todos sus movimientos, intentando adivinar el motivo del desdén, y desgana mostrados con la negación de su carta.

Papá Noel, la observó un poco triste y cansada, pero no era algo tan anormal, pues... debía la niña, tener sueño a aquellas horas de la noche.

Papá Noel vio cómo la mamá de Merceditas depositaba un beso en la frente de su niña y leyó en sus labios, a través de la ventana, cómo le daba las buenas noches.

- Hasta mañana mi niña –

- Que tus sueños sean inmensamente felices, en esta maravillosa noche de Navidad. –

- ¡Te quiero preciosa! –

La mamá, salió de la habitación y Merceditas cayó en un sueño tranquilo, dulce y silencioso.

Papá Noel entró entonces en la habitación de la pequeña, y se sentó a los pies de su cama para poder ver bien a la niña y entonces…
Papá Noel entró en el sueño de Merceditas que ahora mismo comenzaba a formarse en su mente de niña pequeña.

Merceditas en su sueño, se encontraba como flotando sobre el hielo del Polo Norte, pero no tenía frío, y estaba contenta, muy contenta y muy feliz de estar en aquél lugar tan blanco, tan tranquilo y tan hermoso.

Desde allí, desde su sueño, podía ver a los elfos, a la Mamá Noel y las clasificaciones de cartas, y el trajín de los pequeños elfos transportando juguetes de miles y miles de pedidos.

Les veía clasificar juguetes en pequeños montoncitos, y sobre cada montoncito, había una carta de aquellas tantísimas cartas que había recibido Papá Noel.

Interpretó Merceditas que cada montoncito era una petición de un niño al bueno de Papá Noel.

Nunca había visto tanto movimiento de juguetes, de elfos, y de miles y miles de destinos diferentes.

Se dio cuenta entonces, de lo tremendamente complicado que podría llegar a ser el envío de paquetes a tantas direcciones distintas, de tan distintas partes del Mundo, y que si no fuese por la magia del día de Navidad, y de que sólo Papá Noel era capaz de realizar tantos envíos en una única noche de cada año. Año tras año,  y año tras año...Todo aquello, sería imposible de entregar.

Merceditas en su sueño, estaba tan distraída que no se dio cuenta de que Papá Noel la estaba observando.

- ¡Merceditas! –

Dijo Papá Noel para sacar a la niña de su ensimismamiento.

Merceditas en su sueño, miró hacia Papá Noel, y enseguida, se dibujó en su cara una dulce y plácida sonrisa, y una alegría interior que jamás había percibido antes de aquél mágico momento.

- ¿Dime, Merceditas te has enfadado conmigo por algo? –

Preguntó muy preocupado Papá Noel.

- ¡No! –

- ¡Jamás! –

- ¿Cómo podría?... –

- ¡Nunca! –

Contestó Merceditas sorprendida y extrañada por la que para ella era una extraña pregunta de Papá Noel.

- ¡Nunca! –

Se afirmó la niña en su respuesta.

Y en sus sueños, corrió a abrazar al gran Papá Noel recostando su cabecita sobre la gran barba blanca que a Merceditas se le antojó como de algodón de azúcar o de algo mucho más suave y mullido.

¡Que bien se estaba abrazada a Papá Noel!

Pensó en su sueño Merceditas.

- No podría enfadarme contigo jamás, mi querido Papá Noel –

- ¿Por qué has pensado eso? –

Se abrazaron en silencio y después de un rato…

- Abrí tu carta, pensé que te había ocurrido algo o que te hubieras enfadado conmigo –

- ¿qué te ha pasado Merceditas… Cuéntame? –

- ¡Oh! –

- Perdóname Papá Noel –

- Nunca pensé en preocuparte ni en causarte ningún disgusto. –

- Lo siento muchísimo –

- No pensé… -

- ¿Me perdonas? –

Explicó Merceditas

- Claro que te perdono –

- No te preocupes cielo –

Contestó Papá Noel mientras abrazaba a la niña y le transmitía todo su cariño para no preocuparla más de lo estrictamente conveniente.

Papá Noel era muy cuidadoso, aunque se tratase de un sueño, debía extremar sus cuidados para con todos los niños.

Los niños son muy delicados y no se les pueden causar traumas o preocupaciones que les puedan dañar.

- Los motivos que he tenido para escribirte esa carta, no han sido nada personales, siento haberte alarmado, debí explicártelo en mi carta. 

-¡Perdóname! –


- Mi amiga, Noelia, me contó que una niña había pedido un plato de macarrones a los Reyes Magos… –

- Así que yo pensé que como tú llegas antes que ellos… Y si yo no pedía nada, tú le podrías llevar a esa niña lo que necesita, aunque ella no te lo haya pedido a ti. –

- ¿Lo harás Papá Noel? –

Preguntó la niña, dormida pero con los ojos muy abiertos.

- ¡Claro que lo haré! –

- ¡Esta noche tendrá lo que desea y necesita! –

Contestó Papá Noel mientras ponía un beso de algodón, sobre la frente de la pequeña.

En ese mismo instante, Papá Noel desapareció de los sueños de Merceditas y ella siguió soñando sueños hermosos llenos de color, de amor, y de amistad.

Aquella mañana, Merceditas se despertó tal y como se acostó, tranquila, sin ansias, sin desasosiegos y muy feliz. Recordaba vagamente su conversación con Papá Noel, que pensaba había sido fruto de uno de sus sueños.

Se desperezó, se levantó de la cama y al entrar en la cocina, descubrió sobre la mesa, un hermoso plato blanco de filo dorado, tapado por una gran tapadera abombada, de plata con un asa de oro en su parte superior, de la que pendía una pequeña tarjeta cogida al asa por un cordón dorado.

La tarjeta decía:

“Para ti Merceditas”

Merceditas se subió de pie sobre una silla y como pudo, levantó la pesada tapa abombada.

Un gran plato de macarrones asomó por debajo de la tapadera.

Y escrito sobre los macarrones con salsa de tomate estaba esta frase:

“Regálalos a quien tú quieras”

Aquellos macarrones eran mágicos, como lo era Papá Noel, y como lo era la Navidad.

Cuando se vaciaba el plato, sólo había que poner otra vez la tapa y volvía a llenarse de aquellos exquisitos macarrones que gustaban a todos por igual, pues en la boca de los comensales, se convertían en deliciosos y exquisitos platos, que dependiendo del comensal, tenía uno u otro sabor y siempre, siempre, coincidía con su sabor favorito.

Merceditas estaba contenta, guardaría el secreto de su conversación con Papá Noel, y estaba dispuesta a hacer el mejor de los usos con aquel regalo que le había traído la noche de Navidad.

Merceditas estaba segura de que gracias a Papá Noel, ya ningún niño o niña, tendría que pedir jamás como regalo de Reyes un plato de comida.


Merceditas era inmensamente feliz y su corazón rebosaba de alegría, que estaba deseosa de compartir con todas las personas que  le rodearan o necesitaran de alguien feliz a su lado. Merceditas estaba dispuesta a regalar lo que poseía. Paz, y la inmensa felicidad que le había traído aquella noche navideña.
     


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