A veces me detengo a mirar el mundo que nos rodea: pantallas que brillan, notificaciones que suenan sin descanso y una prisa constante que parece querer robarnos los minutos. Pero entonces, ocurre algo mágico. Me siento en el sofá, mis nietos se acercan y, casi sin darme cuenta, el tiempo se detiene.
¿Por qué seguimos contando cuentos en un mundo tan digital?
La respuesta es sencilla y profunda a la vez: porque un cuento no es solo una historia. Es un hilo invisible que nos une. Cuando abrimos un libro o simplemente dejamos volar la imaginación para narrar una aventura, estamos haciendo mucho más que entretener:
- Estamos regalando presencia: En un mundo de "likes" rápidos, dedicar veinte minutos a mirar a los ojos y modular la voz para hacer de lobo o de hada es el mayor acto de amor.
- Construimos refugios: Las historias que contamos hoy serán los recuerdos seguros a los que ellos volverán cuando sean adultos.
- Semeramos curiosidad: Cada "había una vez" es una puerta abierta a un universo donde todo es posible, y esa es la mejor lección que podemos darles.
No importa si el cuento es corto, si lo leemos de un libro o si nos lo inventamos sobre la marcha tropezando con las palabras. Lo que importa es que estamos ahí, juntos, compartiendo ese espacio donde la realidad descansa y la fantasía toma el mando.
A todas las abuelas (y abuelos, y padres...) que seguís narrando historias: no subestiméis vuestro poder. Estáis tejiendo el alma de quienes os escuchan.
Y tú, ¿qué cuento has compartido hoy?
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