miércoles, 24 de octubre de 2012

El rescate de Bruma


    - ¿Vamos a jugar al parque, abuelo?

La tarde era preciosa llena de luz y el tenue sol de primavera dejaba salir a aquella hora temprana sin temor de abrasarse, y yo…
¡Aburrido en casa!

    - ¿Vamos al parque? –Repetí-

Creí que abuelo no me había oído despistado frente a la pantalla de su ordenador,  escribiendo cosas que yo  aún no sé leer pero, que deben ser muy importantes porque está tan atento que no oye lo que digo y eso que grito con toda la fuerza de que es capaz mi voz.

    - ¡AbuelOOOOOO! –Grité aún más fuerte-

Al oír mis gritos, abuela se acercó y le dijo:

    - Llévalo al parque un ratito - Susurró abuela en un tono muchísimo más bajo que el mío.

A ella la oyó y consiguió sacarle del ensimismamiento hipnótico que ejercía sobre él el brillo del monitor encendido.

    - ¡No lo entiendo!

    - ¡No entiendo a los mayores! 

Unas veces oyen cuando les hablas bajito y otras…

No se enteran si les gritas. 

(Creo que los mayores son muy pero que muy “raros”)

    - ¡Vamos Pablo! –fue la respuesta de mi abuelo.

Le di la mano y fuimos hacia la puerta.

Bajé por las escaleras  dando grandes saltos.

 (Tramos de escalera de tres en tres y el último tramo salté juntas cinco escaleras.)

    - ¡Te vas a lastimar!- Advirtió abuelo en tono tranquilo y cansado. (Que creo quiere decir, “no lo hagas más,”)

¿Cómo voy a hacerlo más si ya he saltado todas las escaleras y estamos en el portal?).

Lo dicho…. Raros…. raros.

    - ¡Manuellll! 

Grité llamando a mi amigo para que me viera y corrí hacia él.

Le abracé para saludarlo.

Él también me saludó y me ofreció una patata frita que sacó de un paquete de color amarillo.

La cogí y me la quedé en la mano un rato. 

No tenía hambre, así que guardé la patata  en el bolsillo de atrás de mi pantalón.

Nos sentamos en un el banco de piedra que hay en el parque, bajo la ventana de la casa de Manuel. 
Nada más tocar el banco, oímos un “craks, craks, criks” 

Me levanté de un salto y saqué del bolsillo miles de trocitos de patata, pequeñitos, pequeñitos, parecía por la cantidad de pedacitos que tuviera en el bolsillo un paquete entero de patatas. Un sólo trozo se había convertido en mil trocitos diminutos que resultaban difíciles de eliminar del fondo de mi bolsillo.

Manuel estalló en carcajadas viendo la patata convertida en diminutos confetis de color patata frita en la palma de mi mano. Un confeti inagotable que brotaba una y otra vez de mi bolsillo ¿Me habría convertido en mago?

Me encogí de hombros e hice un sonido con la boca Puffsssssssss  y me reí con Manuel con esa risa tonta llena de vergüenza que te da cuando no sabes de qué te ríes.

Con la mano abierta, llena de patata lancé al aire con fuerza los "confetis" que se  esparcieron volando hacia arriba, cayendo después suavemente igual que cae la nieve sobre nuestras cabezas cuando nieva. 

¡Ahora sí me reí con ganas!

¡No sé por qué a Manuel no le hizo gracia!

¡Esto sí era para reírse!

Manuel estaba super gracioso con los trocitos de patata en la cabeza. Parecían pequeños bichitos amarillos perdidos entre hierbas de color castaño oscuro, Manuel tenía el pelo muy corto y algunos pedacitos, quedaron como pinchados por los pequeños pelitos de punta.

Dejamos de reír y nos quedamos en silencio un instante.

Entonces le oí.

Oí un chirriar de pájaro muy agudo, (parecía como un llanto de un pequeño pajarito).

Era un llanto de ¡SocOOOrrOOooooo!!!!

Sí, estaba seguro, era un llanto de socorro que no sabía de dónde venía.

Al instante, abuelo gritó.

    - ¡Pablo, Ven!

Fui corriendo, Manuel corrió detrás de mí y según nos aproximábamos a abuelo, oíamos cada vez más claro el estridente llanto.

Entre intrigado y asustado, pregunté a abuelo.

    - ¿Qué ha pasado abuelo?

    - Hay un pajarito ahí, ¿lo ves? –Contestó abuelo señalando hacia una pared.

Me esforcé en mirar a todos lados y no conseguía ver al pajarito y….

¡Por fin lo vi!...
Era un pajarito muy pequeño que abría su boca todo cuanto podía para dar agudos gritos de socorro. 

Se encontraba suspendido en el aire, agitando sus alas sin  dejar ni un instante de chillar.


Me encogí de pena.
     - Pobreeeciitooo dije llorando –

     - Pobreeeciitooo repetí, sin poder dejar de llorar

     Pobreeeciitoo-

     Pobreeeciiiiitooo  
 ooooo

   - ¡No llores Pablo, que vamos a salvarle! – dijo abuelo con un tono de convencimiento tal que me tranquilizó un poquito y por un instante, dejé de llorar.
- ¡Vamos a buscar una escalera y le salvamos! –volvió a decir abuelo con más convencimiento aún.

¡Corrí!

Corrí, y enseguida me paré pues no sabía muy bien a dónde tenía que ir corriendo aunque sabía que debía correr.

Rápido di la vuelta y pregunté a abuelo 

    - ¿Dónde hay una escalera?-

    - Vamos a buscarla ahora.

    - ¡Espérame! – Respondió abuelo-

    - ¡Espera! – Repitió otra vez abuelo con ese tono cansado que utiliza cuando repite algo más de una vez.

Manuel me seguía sin decir palabra. 

Corría cuando yo corría.

Lloraba cuando yo lloraba y paraba cuando yo paraba. 

Manuel se mantenía expectante ante la conversación que manteníamos abuelo y yo, y nervioso porque igual que yo, también quería salvar a aquél pobre pajarito.

Esperé a abuelo aunque no podía estarme quieto.

Se me hizo una eternidad esperar.

El pajarito lloraba y había que hacer algo con urgencia.

Yo sabía que no podía esperar.

Entramos en una tienda que hace esquina y abuelo preguntó al tendero.

    - ¿Tienes una escalera

    - Hay un pajarillo ahí que se ha quedado enganchado en algo y tenemos que ayudarle. -Dijo al tendero- mientras éste entraba en el almacén y salía después con una escalera de tres peldaños.

Salimos con la escalera a toda prisa, la colocamos contra la pared, debajo de una caja de empalmes llena de cables eléctricos que la mamá del pajarito había elegido para hacerla su casa y tener allí sus crías al abrigo del viento, el frío y la lluvia.

De allí pendía el pobre pajarito.

Que penita me daba verle ahí flotando en el aire boca arriba con una patita extendida y pataleando con la otra, llorando sin parar como lloran los pajaritos.

Nunca había oído llorar a un pajarito, ni sabía que pudieran hacerlo, siempre que veo un pájaro está cantando alegre y feliz pero éste está llorando.

¡Que lastimita de él!

La caja de empalmes estaba más alta de lo que parecía y abuelo tuvo que estirarse mucho para llegar a ella.

El pajarito estaba pendiendo de  un hilo de coser en el que se había enredado una de sus patitas.

Abuelo se estiró todo cuanto pudo, cortó el hilo y por fin lo rescató.

El pajarito dejó de gritar. 

Ya no lloraba ni pataleaba.

Temblaba callado por el miedo que había pasado pero ahora se sentía aliviado.
Sentí el alivio del pobrecillo cuando le ofrecí la palma de mi mano y se acurrucó en ella relajado, cansado, agotado y tranquilo.

Puse mi otra mano sobre el pajarito acurrucado, formando con las dos manos una cueva para cubrirle, haciendo de mi mano derecha una mantita para darle calor y protegerle.

Él se sintió seguro conmigo y me lo agradeció quedándose muy quietecito y dormido. 

Me sentí muy estremecido, como un encogimiento del corazón y un erizar de pelillos de pura emoción feliz, contento y aliviado de poder salvarle.

Ya no podía pasarle nada. 

Me tenía a mí para cuidar de él y se lo dije:

Le dije:

    -Pajarito, ¡verás lo bien que vas a estar a partir de hoy!

    - ¡Voy a cuidar de ti y te voy a llamar Bruma.

    - ¿Te gusta Bruma? -Le pregunté- 

    - ¿Te gusta a ti abuelo? 
    - ¡Voy a ser tu amigo para siempre!- Le aseguré-
    - ¡Para siempre! - Repetí-

    - ¿Para siempre es mucho, verdad abuelo? –Pregunté para estar seguro de que lo que le ofrecía al pajarito era para siempre.


¡Siempre!!!